Signo de advertencia

Por muy ocupado que estés, dedica tiempo a pensar en los riesgos del proyecto. En general produce cierta pereza pensar en lo que puede salir mal en un proyecto y todos preferimos pensar de forma positiva sobre lo que puede salir bien. Visualizar el éxito del proyecto es algo muy poderoso y debemos hacerlo, pero no podemos olvidar la ley de Murphy: “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Por eso debemos dedicar algún tiempo a pensar lo que puede salir mal, lo que puede ocurrir en nuestro proyecto para que no alcancemos el éxito.

 

Todos los proyectos tienen riesgos, especialmente si abordamos un proyecto con una nueva tecnología o una herramienta desconocida para el equipo, si el proyecto tiene un alcance poco definido o que cambia con rapidez, si existen problemas de disponibilidad de los recursos, etc. En general cualquier factor que puede afectar de forma significativa a los objetivos marcados para el proyecto en cuanto alcance, plazo, coste o calidad es un riesgo y demos hacerlo patente y no ignorarlo.

Lo primer que se debe hacer es identificar los riesgos del proyecto, es decir, preguntarnos ¿qué puede salir mal?, ¿qué puede pasar que afecte al proyecto? En este punto suelen surgir cientos de ideas negativas, es posible que tarden un poco en aparecer, pero en cuanto empezamos a señalar posibles riesgos aparecen otros muchos que nos pueden afectar. No nos debemos llevar por una amarga sensación de desasosiego, identificar los riesgos debe hacerse con ánimo constructivo.

Además de identificarlos, debemos evaluar los riesgos del proyecto. ¿Para qué preocuparnos de algo cuya probabilidad es realmente escasa o cuyo impacto en el proyecto es muy pequeño? Saber la exposición que tenemos a los riesgos es importante para centrar nuestra atención en aquellos de mayor impacto y cuya probabilidad sea alta. Debemos evitar entrenernos en reflexionar sobre riesgos muy poco probables (que caiga un meteorito sobre nuestra oficina) o cuyo efecto puede ser relativamente pequeño (que nos quedemos sin grapadoras para encuadernar los informes).

Parece que basta con identificar y evaluar los riesgos del proyecto, como si al haber sido analizados y hechos explícitos ya se resolviera su amenaza y su impacto. No hay que “bloquearse” con una visión pesimista del proyecto, ni conformarse con ser conscientes de los riesgos que asumimos, los riesgos del proyecto se deben gestionar. No son fatalidades a las que no podemos hacer frente y a las que simplemente nos tenemos que resignar. Los riesgos hay que gestionarlos. La gestión de riesgos pasa por crear planes de acción que permitan evitar que el riesgo se materialice, es decir, evitar que lo que puede salir mal. También podemos actuar sobre las consecuencias de lo que pasa si el riesgo ocurre, intentando minimizar su impacto.


¿Y si compartimos los riesgos del proyecto con los clientes o patrocinadores del proyecto?. Tendemos a ver los riesgos como algo interno del equipo y que no debemos alarmar a los clientes, usuarios o patrocinadores del proyecto con ellos. En muchas ocasiones compartir los riesgos más importantes y hacer patentes las acciones que debemos realizar permite mantener unas expectativas realistas sobre la situación a la que nos enfrentamos.

Abordemos los riesgos con optimismo, los riesgos están para ser gestionados y de esta forma conseguir el éxito en nuestros proyectos.

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